Como fuimos demasiado optimistas, ahora somos demasiado cínicos. Frente al optimismo, he reivindicado a menudo la ingenuidad; frente al cinismo, la hipocresía. Un orden compuesto de ingenuos malhumorados que creían aún posible el mundo y de hipócritas solemnes que aún se creían obligados a nombrar en público la virtud era todavía un orden razonablemente estable y potencialmente democrático. Eso se ha acabado. Cuando los ingenuos y los hipócritas se vuelven cínicos y tanto en los bares y los supermercados como en las redacciones de los periódicos y en los gobiernos se aceptan los “límites de la realidad”, entonces es que el Sol está a punto de ponerse y nosotros de apagar la luz. Nadie duda que la defensa de los derechos humanos era una ingenuidad y que el marco universal reglado surgido de la II Guerra Mundial era una hipocresía. Pero la ingenuidad y la hipocresía han puesto algunos parches en las últimas décadas, al menos en Europa, y su única alternativa es el realismo y la sinceridad: es decir, el reconocimiento explícito de la fuerza como motor de la historia. ¡Es la geopolítica, estúpidos! Ese reconocimiento no es, me temo, un conocimiento; es, sobre todo, la claudicación fatalista, ventajosa o no, ante un tsunami que ni siquiera sabemos nombrar.
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