Noche y día retumba el cielo en Kramatorsk. Son los golpes secos e intermitentes de los cañones ucranios que disparan a las posiciones rusas, a unos 25 kilómetros de distancia. En las calles de esta ciudad que antes de la guerra contaba con 150.000 habitantes, último bastión ucranio en la provincia oriental de Donetsk, los que pueden se apresuran a abandonarla. En la estación de autobuses esperan vehículos de transporte humanitario para trasladar a los últimos que pueden o que quieren irse. Sofía Onichenko es voluntaria de una ONG local que asiste a los que marchan. Reparte comida para el largo viaje. Tiene 13 años y se quedará en su casa, con sus padres. Todos sus amigos ya están lejos de allí.
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