En 2001, Thomas J. Price (Londres, 40 años) realizó una performance llamada Licked, en la que lamía las paredes de una galería durante horas. La saliva, invisible, debía ser el único registro material de aquella acción, pero pronto su lengua empezó a sangrar por el roce, y los muros blancos acabaron teñidos de un llamativo color granate. “Aquella pieza trataba sobre el deseo de conectar con la gente, de cómo recoger una presencia”, recuerda ahora en Chillida Leku, el caserío-museo dedicado a la obra de Eduardo Chillida en Hernani (Guipúzcoa). “Que es básicamente lo mismo de lo que va la escultura que he traído aquí”.
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