Un niño de algo más de un año da sus primeros pasos en una estancia repleta de armamento. Se mueve entre kaláshnikovs, proyectiles de mortero, pistolas y cajas de munición almacenadas en el cuartel de una de las unidades del Batallón Azov en Kiev. Es el hijo del responsable del grupo, Andrei, apodado El Filósofo. Con una mezcla de orgullo y preocupación este médico reconvertido en militar recuerda el domingo 27 de febrero, el día que los rusos llegaron a Bucha, a las afueras de la capital. “Fue la primera vez que he tenido que enfrentarme al ataque de un helicóptero. Daba miedo. Estábamos trabajando con morteros, rodeados muy estrechamente”, cuenta en el despacho del edificio oficial que ocupan y que también hace las veces de dormitorio.
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