Comer, beber y (lamentablemente) pagar. El deporte favorito de millones de españoles y de los turistas tiene nuevas reglas y jugadores. En estos dos años de pandemia han desaparecido más de 5.000 restaurantes, la mayoría negocios familiares, pero en las grandes ciudades y en algunas capitales de provincias parece que las aperturas de establecimientos no tienen final. Hay hambre de expansión de franquicias populares de comida rápida; nacen cocinas pensadas solo para el reparto a domicilio y también triunfan los llamados grupos de restauración singular, un segmento muy concreto dentro del inmenso mundo de la hostelería que gana clientes y aumenta precios en ciudades como Madrid o Barcelona. En la capital, la misma que alberga a un millón y medio de personas en riesgo de exclusión social según el informe Foessa publicado por Cáritas, es imposible conseguir una mesa en un buen restaurante el fin de semana sin reserva previa. Pagar 50 euros o más por cabeza para salir a cenar se ha vuelto algo habitual. No importa que sea sábado o martes: “Hay días en que es una locura, doblamos mesas y hay lista de espera”, ilustra María Piñeiro, jefa de sala en un local cercano al parque madrileño del Retiro.
Cerco al dinero negro
La tecnología ha llegado a la hostelería por obra y gracia de la pandemia, y con ella el cerco al fraude. La Agencia Tributaria dispone de herramientas basadas en la inteligencia artificial para detectar facturas irregulares. Los pagos digitales hacen más fácil el rastreo. “El tpv está conectado con Hacienda, la digitalización lleva inevitablemente a un mayor control”, ilustra Eduardo Serrano, consultor, que expresa un secreto a voces: “Muchas empresas han sobrevivido en la existencia de dinero negro, algo difícil de defender. Ahora los márgenes de beneficios se estrechan, la operativa se complica y lógicamente tendrá que haber una criba de negocios. Es un sector muy atomizado, o se transforma o muchos no van a poder sobrevivir”.

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